

Dos ojos encantadores
Dos hermosos ojos. El espíritu de un niño.
Dos hermosos ojos. Rayos de sol y música.
No quieren nada y no hacen votos.
¡Mi alma está rezando,
niña!
Mi alma está orando…
Las pasiones y las aflicciones
echarán mañana sobre ellos
El velo del pecado y la vergüenza.
El velo del pecado y la vergüenza
no los cubrirá mañana
Las pasiones y las aflicciones ¡
Mi alma está orando,
Hija!
Mi alma está rezando…
No quieren nada y no prometen…
Dos ojos encantadores: rayos de sol y música.
Dos hermosos ojos. El espíritu de un niño.
Yo sé que hay paisajes que no veré nunca.
Sé que existen montañas de asombro
y valles generosos
que no tendrán mi huella...
Pero sí tengo esta tierra -patria chica, mía-,
para sentirla y para amarla.
Para alegrarme el corazón con ella.
II
Yo he aprendido
que no se han hecho para mí
los países lejanos, sorprendentes,
ni las aventuras de leyenda
ni los ágiles caballos de los triunfos...
Pero sí tengo una rosa
que me aroma la vida de esperanza.
III
Yo sé que hay gentes de paz
y hombres de luz
a los que no podré entregarles nunca
mi haz de admiración...
Pero sí tengo un verso
escrito con el alma para ellos.
IV
Yo sé que hay seres que sufren,
hombres que necesitan
un agua humanitaria que los salve...
Y yo no tendré nunca
una lluvia en mis manos.
Pero sí estaré con ellos siempre
con mis palabras y mi aliento.
Otoño, y las noches más rápidamente oscurecen
La vieja señora nos habla otra vez de su pasado.
Reflexiona sobre los días gastados cuidando
A tan sólo diez chelines al mes. Y vaya exámenes!
Yo era capaz de comprender cualquier cosa aquellos días
Que veranos aquellos , que encantadores otoños.
Y me la imagino pedaleando a su trabajo
Entre las doradas hojas, bajando las avenidas
Hacia los hospitales tan serios y rigurosos
Con duras severas matronas, doctores joviales
Con una autoridad que jamás era puesta en cuestión
Mientras la grisácea muerte de su vial chupaba
En el exterior el otoño brillaba y moría
Y femenina veía como se apagaba en rojo
En el cielo, en las sábanas y en la tarde rayada
Con extrañas dulces nubes colgadas sobre la cama.
De pie ante el espejo, sonrió satisfecho a su propio reflejo sonriente. En ese momento no podía sentirse más a gusto consigo mismo, con su vida, con su inteligencia; no, era algo más que eso, era más que simple inteligencia. Se podría decir que tenía un profundo conocimiento de todo. De eso se trataba, de un profundo conocimiento de todo, algo que iba mucho más allá de los límites normales de la sabiduría humana. La sonrisa de su rostro en el espejo se ensanchó aún más. Eso era lo que pasaba, la expresión justa. Internamente, podía sentir lo sagaz que era. Externamente, el curso de los acontecimientos era prueba de ello. Para empezar, y por decirlo en los términos más simples, no lo habían atrapado. Habían transcurrido veinticuatro horas, casi exactas, y en ese tiempo su seguridad no había hecho sino aumentar. Claro que eso era previsible; se había asegurado de que no habría rastro que seguir ni lógica que pudiera conducir a nadie hasta él. Y, de hecho, nadie había venido. Nadie lo había descubierto. Por lo tanto, era razonable concluir que acabar con la zorra impertinente había sido un éxito rotundo.

| El hombrecillo de los gansos (fragmento) "Tres noches de la semana estaban destinadas a La ópera; las otras se dedicaban a la comedia. Actuaba de primer director de orquesta un señor de mediana edad con un cabello tan rizado que causaba la admiración de las jovencitas. Era perezoso y mal educado y se llamaba Lebrecht. El director de escena era un viejo practicón que hablaba ante el público como un lacayo irrespetuoso ante su señor. Solía acoger con un encogimiento de hombros las proposiciones de realzar el repertorio hechas por Daniel. «La Africana», «Roberto el Diablo», «El Estudiante Mendigo» y «Fra Diavolo», eran las obras en cuya fuerza de atracción ponía él su confianza. Los cantantes y la orquesta no resultaban mucho mejores que los de la ópera ambulante, y casi debía desistirse de la posibilidad de educarlos y animarlos. Los derechos creados y la desidia tradicional se oponían a toda novedad. Si donde ha de alzar la voz el arte se encuentran filisteos pusilánimes y paniaguados gandules, no caben miras elevadas, sino únicamente vulgares deberes. Se marchitan las flores, se estrellan los sueños, y es preciso que el espíritu ingenuo esté arma al brazo contra todos los demonios de la mezquindad y de la mediocridad, so pena de sucumbir. [...] Para un ciclo de dieciséis canciones le había encontrado la baronesa un editor de Leipzig, que publicaría las composiciones a expensas de ella. Aquello no le alegró bastante. No se trataba de algo ganado e impuesto por fuerza. Sin embargo, le parecía que era él mismo quien regalaba, y en realidad era el obsequiado. Después de todo no tenía que agradecer nada. A la dama le gustaba la gratitud. Ni por asomo sospechaba que no buscara él protectores, sino convencidos. Los ricos no comprenden a los pobres; los de arriba no comprenden a los de abajo. La irritabilidad de su carácter le protegía. En la deliciosa congoja por la misión que es el estigma y la tragedia de los ingenuos, se situaba al margen de un mundo, al cual pedía el pan, sólo el pan y nada más. Cuando aparecieron las canciones, el «Phönix» publicó una crítica que sonó a acierto en los oídos de los profanos, aunque no fuese a la postre sino una puñalada trapera. El artículo iba firmado con la letra W. Wurzelmann; el lacayo disparaba desde la emboscada. Reprodujeron aquella opinión otras revistas profesionales. Media docena de personas compraron las canciones, que se olvidaron luego. No había nada que esperar. Lo único que se requería era ganarse el pan, tan sólo ganarse el pan. " |
1722: se publica la Gaceta de México, el primer periódico de Hispanoamérica.
1899: en Cataluña sale a la calle el diario La Veu de Catalunya.
1903: en España aparece el primer número del ABC.
1925: estreno en el teatro Español de la obra Hernani, adaptación de Antonio y Manuel Machado, de la obra homónima de Víctor Hugo.
1939: en España se convierte en un deber para todas las jóvenes menores de 25 años, cumplir durante un año con el servicio de trabajo obligatorio.
1946: inicia su publicación la revista literaria Ínsula.















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