Lo ultimito

miércoles, 11 de febrero de 2026

1 DE ENERO

LLEGARON1878: Peyo Yavorov, 
poeta búlgaro (f. 1914)

Dos ojos encantadores

Dos hermosos ojos. El espíritu de un niño.
Dos hermosos ojos. Rayos de sol y música.
No quieren nada y no hacen votos.
¡Mi alma está rezando,
niña!

Mi alma está orando…
Las pasiones y las aflicciones
echarán mañana sobre ellos
El velo del pecado y la vergüenza.
El velo del pecado y la vergüenza
no los cubrirá mañana
Las pasiones y las aflicciones ¡

Mi alma está orando,
Hija!
Mi alma está rezando…
No quieren nada y no prometen…
Dos ojos encantadores: rayos de sol y música.
Dos hermosos ojos. El espíritu de un niño.












Llega al caserío de la peonada y no halla su campo. Se mete a su cuarto, un cuchitril del mesón de Juan Bermúdez, y tampoco encuentra qué hacer allí. Al mediodía no se acuerda siquiera de que no ha almorzado y sale a la puerta a cada instante a ver el cielo. ¡Nada, el sol no camina, parece que se ha clavado en el espacio! Y la diabólica idea no se quita de su pensamiento; ahí la siente como una estaca. Él, a la verdad, no está malo de eso de que Mariana pretende curarlo. ¡Qué capaz! ¿Enamorado él de Marcela? Ni ahora ni nunca. Marcela le gusta, Marcela le hace buen placer. Sí, es cierto que donde ella no está todo le parece solo, aburrido, triste. Pero es porque ha estado acordándose de Morency, cuando allá tan lejos se ponía a pensar tanto en ella: la chicuela que jugaba todo el día cuando iban a cuidar los becerros; la chiquilla que besó en la boca, quién sabe por qué, la víspera de su marcha a los Estados Unidos.


La ruta era difícil por los caminos del alma de míster Wilcox. Desde la infancia los había despreciado. «No soy hombre que se preocupe de su interior». Por fuera había sido alegre, honrado y valiente, pero en su interior todo era caos, un caos gobernado, si es que existía gobierno alguno, por su ascetismo incompleto. Tanto cuando era muchacho como cuando era marido o viudo, había alimentado la tortuosa creencia de que la pasión corporal es mala, una creencia que solo es útil cuando se mantiene apasionadamente. La religión le había confirmado en su certidumbre. Las palabras que el domingo le leían en voz alta a él y a otros hombres respetables eran las palabras que en su día habían encendido las almas de Santa Catalina y de San Francisco en el odio a todo lo carnal. Míster Wilcox no era un santo, no era capaz de amar lo infinito con amor seráfico, pero sí lo era de avergonzarse de amar a su mujer. «Amabat, amare timebat». Y ahí era donde Margaret confiaba en ayudarle.
Pero fracasó. Porque había una cualidad en Henry que siempre la pillaba desprevenida por mucho que intentara tenerla presente: la necedad. No entendía las cosas, y contra eso no había nada que hacer. Nunca se enteró de que Helen y Frieda le eran hostiles, ni de que a Tibby no le interesaban las plantaciones de uvas pasas; nunca vislumbró las luces y sombras que existen en la más neutra de las conversaciones, los postes indicadores, los mojones, las colisiones, los espacios ilimitados. Una vez —en otra ocasión— Margaret le reprendió por ello. Él se quedó desconcertado, pero replicó con una carcajada: «Mi lema es: concentración. No tengo la menor intención de desperdiciar mis energías en estas cosas». «No se trata de desperdiciar energías —protestó Margaret—, sino de ampliar el campo en el que puedas emplearlas». Y él contestó: «Eres una mujercita muy lista, pero mi lema es: concentración». Y aquella mañana se concentró más de lo normal en la venganza.

Capítulos del 1 al 4



EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENO

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. El será quien me lleve a casa cuando salga de aquí, quizá el mes próximo. Acaba de comprarse un «Jaguar», uno de esos cacharros ingleses que se ponen en las doscientas millas por hora como si nada. Cerca de cuatro mil dólares le ha costado. Ahora está forrado el tío. Antes no. Cuando vivía en casa era sólo un escritor corriente y normal. Por si no saben quién es, les diré que ha escrito El pececillo secreto, que es un libro de cuentos fenomenal. El mejor de todos es el que se llama igual que el libro. Trata de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo ha comprado con su dinero. Es una historia estupenda. Ahora D.B. está en Hollywood prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.



Erase una vez un país… no recuerdo bien su nombre, pero le llamaremos el “País de las Cien Palabras”. En ese país los hombres eran muy felices. Vivían en un pueblo ni grande ni pequeño, y todos se conocían. Si alguna vez se peleaban dos, los demás los separaban; si alguien se enfermaba, los vecinos lo cuidaban, le daban sus medicinas, barrían y sacudían; si uno tenía que salir de viaje, los amigos le ayudaban a acomodar las ropas en la maleta, lo despedían y cuando regresaba, iban a esperarlo para darle la bienvenida. En fin, todos se querían y se ayudaban.

Yo no podría decirles en este momento si la tierra era muy buena o muy mala; lo cierto es que, como era de todos y la trabajaban juntos, la cosecha la repartían entre todos, bien repartidita, y siempre les alcanzaba.

Además, tenían un comedor donde almorzaban juntos después de trabajar la tierra, y donde cenaban cada noche. La comida era de lo mejor, pues en la cocina trabajaban los mejores cocineros y cocineras del pueblo, y la comida nunca les quedaba cruda o quemada, sin sal o demasiado salada. Ya se imaginará cómo comían aquellos niños, y con qué apetito. Cada día parecía una Fiesta.

Los niños vivían… ¿Cómo creen que vivirían los niños?... pues juntos en unas casitas hechas a su medida. No como en las casas de los mayores, donde las mesas son demasiadas altas y los pies cuelgan al sentarse, donde no alcanzan las cosas del armario.

No; eran unas casitas hechas expresamente para los niños, con todas las cosas que a los niños les gusta juntar: botecitos y cajas, pedazos de madera, mecates, piedritas, pinceles y papeles de colores… ¡En fin!... eso lo saben mejor ustedes que yo.

Cada tarde, cuando los papás regresaban del trabajo, los niños iban a jugar con ellos sobre la hierba, delante de las casas. Allí jugaban a la pelota, elevaban papalotes, miraban libros…

Por la noche, mientras los niños dormían, los padres y los niños mayores se reunían para decidir lo que harían otro día: sembrar trigo, cortar naranjas sin golpearlas, plantar papas, vacunar a las gallinas, dar de comer a los puercos, ordeñar.

Cada año escogían al que mejor sabía cavar y pulir madera para carpintero; al que hacía las paredes más derechitas, para albañil; al que más pronto destapaba un caño, para plomero, y para maestros a los que sabían más cuentos. Por último, también escogían a un secretario para no dejar a los niños jugar y gritar frente a la casa de un enfermo; para hacer que en las reuniones hablara un niño después de otro y no todos a la vez; para que hubiera bastantes casas para todos, y cosas así.

¿Pero por qué se llamaba el “País de las Cien Palabras”? Pues porque sólo tenían cien palabras para decirse todo. Como comprenderán ustedes, no hablaban demasiado, porque las palabras no les alcanzaban. En un momento las decían todas, y se quedaban callados. Pero una vez un hombre se animó a inventar una. Esa palabra era su nombre. Una palabra muy extraña, pero como era bastante sencilla, la aprendieron primero los niños, y después todos la sabían. La palabra, es decir, el nombre, era “Poeta”, y así le llamaban a aquel hombre, aunque no sabían bien que quería decir. Lo cierto es que Poeta hacía canciones muy lindas, y cuando salía en el teatro tenía a todos con la boca abierta. Y sucedió que Poeta comenzó a inventar más y más palabras, hasta que… ¿Se imaginan lo que pasó?...

Pues que ahora el “País de las Cien Palabras” tendrá que cambiar de nombre.



I

Yo sé que hay paisajes que no veré nunca.
Sé que existen montañas de asombro
y valles generosos
que no tendrán mi huella...

Pero sí tengo esta tierra -patria chica, mía-,
para sentirla y para amarla.
Para alegrarme el corazón con ella.

II

Yo he aprendido
que no se han hecho para mí
los países lejanos, sorprendentes,
ni las aventuras de leyenda
ni los ágiles caballos de los triunfos...

Pero sí tengo una rosa
que me aroma la vida de esperanza.

III

Yo sé que hay gentes de paz
y hombres de luz
a los que no podré entregarles nunca
mi haz de admiración...

Pero sí tengo un verso
escrito con el alma para ellos.

IV

Yo sé que hay seres que sufren,
hombres que necesitan
un agua humanitaria que los salve...

Y yo no tendré nunca
una lluvia en mis manos.

Pero sí estaré con ellos siempre
con mis palabras y mi aliento.




La vieja señora

Otoño, y las noches más rápidamente oscurecen
La vieja señora nos habla otra vez de su pasado.
Reflexiona sobre los días gastados cuidando

A tan sólo diez chelines al mes. Y vaya exámenes!
Yo era capaz de comprender cualquier cosa aquellos días
Que veranos aquellos , que encantadores otoños.
Y me la imagino pedaleando a su trabajo
Entre las doradas hojas, bajando las avenidas
Hacia los hospitales tan serios y rigurosos
Con duras severas matronas, doctores joviales
Con una autoridad que jamás era puesta en cuestión
Mientras la grisácea muerte de su vial chupaba

En el exterior el otoño brillaba y moría
Y femenina veía como se apagaba en rojo
En el cielo, en las sábanas y en la tarde rayada
Con extrañas dulces nubes colgadas sobre la cama.


escritor  USA.

No abras los ojos

De pie ante el espejo, sonrió satisfecho a su propio reflejo sonriente. En ese momento no podía sentirse más a gusto consigo mismo, con su vida, con su inteligencia; no, era algo más que eso, era más que simple inteligencia. Se podría decir que tenía un profundo conocimiento de todo. De eso se trataba, de un profundo conocimiento de todo, algo que iba mucho más allá de los límites normales de la sabiduría humana. La sonrisa de su rostro en el espejo se ensanchó aún más. Eso era lo que pasaba, la expresión justa. Internamente, podía sentir lo sagaz que era. Externamente, el curso de los acontecimientos era prueba de ello. Para empezar, y por decirlo en los términos más simples, no lo habían atrapado. Habían transcurrido veinticuatro horas, casi exactas, y en ese tiempo su seguridad no había hecho sino aumentar. Claro que eso era previsible; se había asegurado de que no habría rastro que seguir ni lógica que pudiera conducir a nadie hasta él. Y, de hecho, nadie había venido. Nadie lo había descubierto. Por lo tanto, era razonable concluir que acabar con la zorra impertinente había sido un éxito rotundo.



DELIRIO

"Supe que había sucedido algo irreparable en el momento en que un hombre me abrió la puerta de esa habitación de hotel y vi a mi mujer sentada al fondo, mirando por la ventana de muy extraña manera. Fue a mi regreso de un viaje corto, sólo cuatro días por cosas de trabajo, dice Aguilar, y asegura que al partir la dejó bien. Cuando me fui no le pasaba nada raro, o al menos nada fuera de lo habitual, ciertamente nada que anunciara lo que iba a sucederle durante mi ausencia, salvo sus propias premoniciones, claro está, pero cómo iba Aguilar a creerle si Agustina, su mujer, siempre anda pronosticando calamidades, él ha tratado por todos los medios de hacerla entrar en razón pero ella no da su brazo a torcer e insiste en que desde pequeña tiene lo que llama un don de los ojos, o visión de lo venidero, y sólo Dios sabe, dice Aguilar, lo que eso ha trastornado nuestras vidas. Esta vez, como todas, mi Agustina pronosticó que algo saldría mal y yo, como siempre, pasé por alto su pronóstico; me fui de la ciudad un miércoles, la dejé pintando de verde las paredes del apartamento y el domingo siguiente, a mi regreso, la encontré en un hotel, al norte de la ciudad, transformada en un ser aterrado y aterrador al que apenas reconozco. No he podido saber qué le sucedió durante mi ausencia porque si se lo pregunto me insulta, hay que ver cuán feroz puede llegar a ser cuando se exalta, me trata como si yo ya no fuera yo ni ella fuera ella, intenta explicar Aguilar y si no puede es porque él mismo no lo comprende; La mujer que amo se ha perdido dentro de su propia cabeza, hace ya catorce días que la ando buscando y me va la vida en encontrarla pero la cosa es difícil, es angustiosa a morir y jodidamente difícil; es como si Agustina habitara en un plano paralelo al real, cercano pero inabordable, es como si hablara en una lengua extranjera que Aguilar vagamente reconoce pero que no logra comprender. La trastornada razón de mi mujer es un perro que me tira tarascadas pero que al mismo tiempo me envía en sus ladridos un llamado de auxilio que no atino a responder; Agustina es un perro famélico y malherido que quisiera volver a casa y no lo logra, y al minuto siguiente es un perro vagabundo que ni siquiera recuerda que alguna vez tuvo casa. "


Malinche y el poder de la palabra

El sistema patriarcal se ha construido principalmente a partir de dos temores alrededor de las mujeres: el miedo a su autonomía sexual y el miedo a su dominio de la palabra. Y a la Malinche se le adjudican ambos. El poder de la palabra, como políglota, intérprete, mediadora, estratega, consejera, sí le perteneció a Malintzin. Pero el poder de su sexualidad soberana, no.

Cuando Malintzin tenía alrededor de los 19 años, fue vendida junto a una veintena de esclavas a los españoles. Así, un itinerario de circunstancias, destrezas, conocimientos, astucia la convirtieron en amante de Hernán Cortés y esposa de otro conquistador, Juan Jaramillo; madre de Martín (con Cortés) y de María (con Jaramillo); habitante de la Hacienda de Cortés en Coyoacán.
La moral impuesta, la visión política en turno, la construcción de un imaginario forzado alrededor de una identidad única, fueron esculpiendo distintas figuras alrededor de La Malinche: la puta traicionera que entregó su cuerpo al enemigo; la mala madre que mancilló la sangre de su estirpe al mezclarla con los invasores, violadores, saqueadores; la madre violada que transgredió una raza; la bruja astuta que intercambió los secretos de sus pueblos a cambio de poder y protección.

Es la llorona, es la que sobaja a su pueblo, la puta que se vende al mejor postor. No es la mujer vendida, la esclava, la traficada, la violada, la víctima, la sobreviviente, la inteligente, la sagaz, la conocedora de lenguas y de política, la mediadora entre pueblos, la madre de una nueva raza.

Porque esta cultura patriarcal no admite que la violación no tiene nada que ver con la soberanía sobre el cuerpo como mujeres. Si una mujer es violada es porque lo provocó, desde su autonomía sexual; si una mujer es traficada es porque decidió traspasar las fronteras del lugar permitido; una mujer esclava no debe luchar por su empoderamiento, por su libertad, sino resignarse a la esclavitud como un acto de congruencia al papel que el patriarcado le ha asignado.

No, Malintzin no tuvo soberanía ni autonomía ni libertad sobre su sexualidad. Pero sí tuvo el don y el dominio de la palabra. Y ya desde antes de ser vendida, este don le era reconocido con uno de los nombres que tuvo, Tenepal, cuyo significado es “quien habla con vivacidad”.

La palabra de una mujer, su voz, aterroriza; por eso su anulación es la más constante en la cultura: la negación para que niñas y adolescentes se eduquen y alfabeticen; la imposibilidad de firmar con nombre de mujer los libros escritos y los contratos para la propiedad; la no voz, la no decisión, el no libre albedrío, la no soberanía; incluso la mutilación y la muerte en la violencia feminicida, el “no son las formas”, la represión, y hasta la pasividad ante esa voz son todos actos de anulación y aniquilación de la palabra.

A Malinche no le anularon la palabra. Ese fue su poder y arma para la supervivencia.


Un hogar para Dom (fragmento)

"Los perros no se miran en los espejos. Pero a pesar de no haberme visto nunca, no me cuesta adivinar qué aspecto tengo. Soy un caniche blanco, demasiado alto, con una melena abundante y despeinada y unas garras delicadas en las patas. Además, los pelos de mi oreja izquierda son notablemente más oscuros y tienen un color amarillento parduzco. Oí cómo lo decían cuando me compraron. “¡Es defectuoso!”, exclamaron. Aunque estoy seguro de que incluso una tara como esa no me impediría interpretar el papel, pongamos, del caniche Artemón en la obra ‘Pinocho y la llave de oro’. Habría sido un buen actor y hubiera llevado al personaje principal una gran llave de cartón sujeta entre mis dientes.
Al señor que en 1991 me compró cuando yo aún era un cachorro duro de mollera, siempre le llamaba Amo y los otros le llamaban, y siguen llamándole, Boris o Boris Andriiovich.
Yo sólo tenía un mes cuando me compró, aunque ya apuntaba maneras. Abrí los ojos a los diez días de existir y a los once ya era capaz de escuchar sonidos. Lo primero que vi no fue el pezón grande y blanco de mi madre, ni a mis hermanos, sino el calendario colgado de la pared. El viento que soplaba desde la ventana abierta hacía revolotear las hojas del calendario y las tres figuras inclinadas sobre una sola taza temblaban en silencio como si estuvieran muertas de frío. A la mañana siguiente, escuché voces humanas por primera vez. Me parecieron cantos celestiales, lo más hermoso que jamás había oído, quizás porque nunca antes había oído nada. Pero cuando el comprador llegó diez días después, ya sabía que no eran los ángeles del calendario los que hablaban, sino la gente; y también sabía que yo no era el más débil entre mis hermanos, y que un comprador acabaría llegando tarde o temprano. Incluso sabía por qué caían aquellas gotas blancas más allá de la ventana. Porque era invierno. Así que cuando la mujer, la primera entre todas las mujeres a las que yo, como perro, no como hombre, llamaría “mis mujeres”, pasó la página del calendario, entendí de inmediato que habíamos sobrevivido al invierno. Y eso significaba que seguiríamos vivos. "

1991: Ayat Al-Qurmezi, 

Recitado en la Plaza de la Perla en marzo de 2011 y que le valió su detención

"Somos el pueblo que matará la humillación"
Somos el pueblo que matará la humillación
y asesinará a la miseria.
Somos el pueblo que destruirá los cimientos de la injusticia.
¿No oyes sus gritos?
¿No oyes sus lamentos?
(Dirigiéndose al Rey Hamad)
Hamad, el Diablo dijo una vez de ti:
"Él es mi mejor y más valiente alumno".
El Diablo te dijo: "Tus súbditos me han estremecido,
pero tú, con tu tiranía, me has superado".
No queremos un diálogo que se base en la sangre,
ni queremos un rey que nos trate como esclavos.
Queremos justicia, queremos libertad,
y no descansaremos hasta que la consigamos.
¡Vete! Llévate tu injusticia contigo.
Este país no te pertenece,
le pertenece a quienes lo aman sin cadenas.


SE FUERON


EN EL PAIS DE LOS YANQUIS

Sería medianoche cuando el barco comenzó a avanzar lentamente hacia el puerto, lleno de la silenciosa melancolía de los que partían, y una hora más tarde la ciudad, las playas y las montañas desaparecían en la distancia, como si el mar se las tragara, con la voracidad de un monstruo.
Sólo quedaba un punto brillante, una vista microscópica de la tierra de Río de Janeiro, era el faro de la isla Rasa parpadeando, como una pestaña somnolienta en la noche.
Y todos a bordo, todos en silencio, egoístamente en su dolor concentrado e incomunicable, también enviaron un “adiós” profundamente nostálgico a la vida alegre y ruidosa de Río.
Dicen que el hombre del mar es insensible a quienes nunca han visto esto. En realidad, la lágrima de añoranza brilla en el rostro de un marinero. "

Fue un destacado escritor brasileño y figura clave del naturalismo, conocido por su narrativa audaz, cruda y pesimista que abordó temas tabú como la homosexualidad y la corrupción social. Su obra más célebre, Bom-Crioulo (1895), escandalizó a la época, consolidando su estilo determinista antes de su prematura muerte por tuberculosis a los 29 años.



Ésa es la diferencia entre nosotros y los europeos, los europeos nacidos americanos le contó él. En Europa, siempre que dispongas de cierta experiencia y reúnas algunas habilidades, los principios y la moral no significan mucho. Aquí no es así. Los europeos se equivocan al pensar que somos un hatajo de despiadados. Los americanos valoramos por encima de todo los principios. Nosotros podríamos aplicar métodos que para vosotros serían demasiado cobardes, o perezosos o incluso estúpidos. Pero eso no significa que seamos más despiadados que vosotros. Actualmente, la crueldad tiene sus pros y sus contras. Consideramos admirable rechazar el arraigo de los viejos prejuicios y las modernas locuras. Si hay algo bueno y novedoso respecto a nosotros -y el cielo sabe que somos muchos- es la tendencia a valorar a la gente con principios. A la hora de pedir prestado dinero una persona necesita aquí buena reputación más que caras propiedades. La gente con un fondo discutible usualmente tiene dificultades para obtener préstamos. Nuestras relaciones comerciales, toda nuestra vida social, se basa en la mutua confianza. En eso consiste la novedad -si alguna vez ha habido algo nuevo bajo el sol. Desde luego puedes decir que es un producto de nuestra imaginación -un infantil engreimiento americano. Pero incluso aunque así fuera, mi buen señor europeo, sería preferible a vuestro senil y nauseabundo cinismo. "

novelista judio-austr.(n.1873)

El hombrecillo de los gansos (fragmento)

"Tres noches de la semana estaban destinadas a La ópera; las otras se dedicaban a la comedia.
Actuaba de primer director de orquesta un señor de mediana edad con un cabello tan rizado que causaba la admiración de las jovencitas. Era perezoso y mal educado y se llamaba Lebrecht.
El director de escena era un viejo practicón que hablaba ante el público como un lacayo irrespetuoso ante su señor. Solía acoger con un encogimiento de hombros las proposiciones de realzar el repertorio hechas por Daniel. «La Africana», «Roberto el Diablo», «El Estudiante Mendigo» y «Fra Diavolo», eran las obras en cuya fuerza de atracción ponía él su confianza. Los cantantes y la orquesta no resultaban mucho mejores que los de la ópera ambulante, y casi debía desistirse de la posibilidad de educarlos y animarlos. Los derechos creados y la desidia tradicional se oponían a toda novedad.
Si donde ha de alzar la voz el arte se encuentran filisteos pusilánimes y paniaguados gandules, no caben miras elevadas, sino únicamente vulgares deberes. Se marchitan las flores, se estrellan los sueños, y es preciso que el espíritu ingenuo esté arma al brazo contra todos los demonios de la mezquindad y de la mediocridad, so pena de sucumbir.
[...]
Para un ciclo de dieciséis canciones le había encontrado la baronesa un editor de Leipzig, que publicaría las composiciones a expensas de ella. Aquello no le alegró bastante. No se trataba de algo ganado e impuesto por fuerza. Sin embargo, le parecía que era él mismo quien regalaba, y en realidad era el obsequiado. Después de todo no tenía que agradecer nada. A la dama le gustaba la gratitud. Ni por asomo sospechaba que no buscara él protectores, sino convencidos. Los ricos no comprenden a los pobres; los de arriba no comprenden a los de abajo.
La irritabilidad de su carácter le protegía. En la deliciosa congoja por la misión que es el estigma y la tragedia de los ingenuos, se situaba al margen de un mundo, al cual pedía el pan, sólo el pan y nada más.
Cuando aparecieron las canciones, el «Phönix» publicó una crítica que sonó a acierto en los oídos de los profanos, aunque no fuese a la postre sino una puñalada trapera. El artículo iba firmado con la letra W. Wurzelmann; el lacayo disparaba desde la emboscada.
Reprodujeron aquella opinión otras revistas profesionales. Media docena de personas compraron las canciones, que se olvidaron luego.
No había nada que esperar. Lo único que se requería era ganarse el pan, tan sólo ganarse el pan. "





Buscando el camino (fragmento)

"Ver el mundo al través de tan malos cristales como son los libros, poner literatura donde debes poner vida, amar la existencia, no la existencia en sí, sino en las flores que de ella se desprenden —tal amar una catedral gótica, no en la armonía serena de la piedra de donde brotó, alta y delgada como una aspiración al cielo, sino en la flechecilla de su torre o en la encajería de una de sus pilastras—; esa separación que tú haces entre tu condición de hombre y tu condición de artista, te produce, ¡anémico hombre de arte!, te produce eso que tú llamas hastío, desengaño, eso que suena triste en tu poesía, esa nota que sabe a sollozo en tu música y ese espectro de muerte entre los colores de tu cuadro. Artista, hombre. ¿Y acaso el ser artista impide el ser hombre? Y acaso el ser artistas ha de poner en vosotros, mozos de veinte años, mozos que bien pudierais andar desnudo el cuerpo, agreste, sencilla, ingenuamente desnudo, corriendo en la persecución de las mozas por los caminos asoleados, saltando por el torrente el agua hasta la cintura, caracoleando los potros indómitos, todo vosotros, todos vuestros músculos cantando crepitantes orquestas a la vida. "

Analiza la figura del caudillo andino y presidente venezolano Cipriano Castro (1899-1908). La obra examina su ascenso al poder, la "Revolución Liberal Restauradora" y el contexto histórico de su gobierno.

Historia de una nochebuena trist
Los batracios



Uno de los primeros escritores argentinos homosexuales en reivindicar la homosexualidad en su obra, su tercera novela, La brasa en la mano (1983)

UN NIÑO ESPÍA A EMILY DICKINSON EN SU JARDÍN

Que la mirara un pájaro —hostilmente,
por supuesto, ¿qué hacía allí, la intrusa?—,
no era extraño, de modo que su frente
apenas se alteró, e indiferente
siguió sus ademanes de reclusa.

Ni un pájaro, ni un hombre
(ella, en ese caso, lo sabría)
la están espiando. Un niño es quién la espía
Un niño —la inocencia—, ése es su nombre.

Estaba en su jardín, arrodillada
sobre una capa roja. La mirada
curiosa la seguía entre las flores.
¿Por qué el niño guardó, de los colores,
el color de la capa? La memoria
es frágil, pero fiel. Esta es la historia:
«Estaba en su jardín, arrodillada
sobre una capa roja.» Después, nada.

Nada sino el jardín en donde corta
la memoria inmortal sus flores raras
y al que ella sólo entra. Qué le importa
que pájaros —¿o niños?— con sus caras
se asomen al jardín perecedero.
Ella es Emily Dickinson, y acepta.
Y mientras acomoda en el cantero
el brote por nacer, la tierra yerma,
como una flor perfecta
va abriéndose su alma en el poema.




AUTOR DE EL CRIMEN DE CUENCA

En su obra literaria narrativa ocupa un lugar excepcional la novela “El crimen de Cuenca”, calificada por los estudiosos como relato político-social y testimonial necesario para un mejor conocimiento de lo que fue (intentó ser) la República, sus circunstancias y los motivos del fracaso colectivo. Escrita de una manera desgarrada, apenas en cuatro meses, sin concesiones estilísticas de ningún tipo, con una expresión directa en la que las descripciones ambientales dejan paso a un lúcido análisis de la situación de la provincia, la obra refleja con trazos enérgicos la situación de la provincia de Cuenca, la actuación de los grupos de poder, los obstáculos impuestos a la consolidación de las ideas democráticas y participativas, la resistencia del estamento caciquil, la incomprensión de las clases populares y, en fin, la existencia de tensiones frente a las que el joven y animoso gobernador pretendió imponer sus criterios, chocando con un auténtico muro que finalmente dio al traste con su propósito.
La novela fue publicada inicialmente en 1932.




SILENCIOS

Durante mucho tiempo, fui una superviviente demacrada y temblorosa a la orilla de la playa, incapaz de levantarse y echar a andar. Cuando por fin reconquisté los hábitos propios del proceso creativo, envié un libro a un editor y me atreví a iniciar el presente trabajo. No voy a contar aquí el resto del legado que me correspondió en usufructo cuando, una vez más, me vi obligada a dejar el trabajo en suspenso […] Ahora, a pesar de ese último silencio, el más dañino de cuantos he experimentado, ya terminó, aun no estoy completamente recobrada. Quizá mi silencio me acabe convirtiendo en la autora de otro libro.”



Con los payasos llegaron las lágrimas (fragmento)

"Norma no aguantó más rato sentada en la butaca verde, empezó a andar de nuevo por el piso, encendió un cigarrillo, lo apagó casi en seguida y percibió la sirena de un carguero que descendía por el Elba, en dirección al mar, al mismo tiempo que pensaba: «Que yo sepa, hasta ahora han perdido la vida diecisiete reporteros, y de una escasa docena que fueron secuestrados, no se ha vuelto a tener noticia.
Y Jerry Levin, de la «NBC», permaneció diez meses atado a un radiador.»
«Puede ser que lo más grande surgido en este mundo sean las religiones –siguió pensando–. Las religiones en su origen. Pero inmediatamente cayeron en manos de ideólogos. Y ésos son lo peor que existe. Los ideólogos convierten en horrible lo mejor y más hermoso. Todo cuanto quieren, es alcanzar el poder sobre los hombres. El poder y los beneficios que de él se derivan, naturalmente. Los ideólogos del Cristianismo enseñaron a los pobres desgraciados a odiar, despreciar y asesinar al profeta Mahoma y a todos los que creían en él. Los ideólogos del Islam, por su parte, enseñaron a otros pobres desgraciados a odiar, despreciar y asesinar al dios de los cristianos y a todos los que creían en él. Fueron los ideólogos quienes enseñaron a cristianos y musulmanes las torturas, la destrucción, todo aquello que hace sufrir, y el modo de asesinar. En el nombre de Dios. Otros ideólogos transformaron pensamientos otrora grandes en empresas criminales. Los políticos y las industrias del armamento se lo agradecen. Los ideólogos tienen sobre su conciencia miles de millones de muertes... En cualquier caso, Pierre consiguió morir antes que yo. Rezaba cada noche por ello, ¿no? O sea que uno parece poder fiarse de uno de esos dioses de los ideólogos. Pero no –se dijo–. No es posible. Mi hijito no pedía morir. Sin embargo, también tuvo que perder la vida. ¿Qué han hecho los ideólogos de Dios, sea cual fuere, de toda idea grande, si esos dioses y esas ideas que inculcan o imponen a los hombres..., si esas ideas y esos dioses permiten tantos horrores y tan bestial manera de matar, no sólo en Beirut, sino en el mundo entero..., si permiten el odio y la muerte, los padecimientos y la miseria, las epidemias y el hambre y la mortandad infantil, y que Jerry Levin pasara diez meses atado a un radiador...? ¡Al diablo con lo que aún hoy es presentado a los hombres como idea, no importa cuál, o como dios, no importa cuál! ¡Al diablo con las ideas y con Dios, si pudiese creer en el demonio! El ser humano tiene poca suerte –pensó–, y si encima amas, estás condenado y perdido y no tardarás en verte solo. ¡Espera! Pronto te hallarás solo y habrá terminado todo. Pero no... –reflexionó–. Nada ha terminado. Para los muertos, sí. No para los que tienen que seguir viviendo. Los muertos están bien. O quizá tampoco. Quizá lo pasen todavía peor... ¡Qué pequeño era el ataúd! Y nunca..., nunca más... ¡Nunca más...!» Mientras pensaba esto, sonó el timbre. "


Cervantes sentía admiración sincera por el arte dramático «del gran Lope de Vega», término dos veces repetido (¿con cierta ironía?). Reconoce su genio creador en la declaración: «alzóse con la monarquía cómica..., llenó el mundo de comedias propias, felices, y bien razonadas». Le llama «monstruo de naturaleza» por su fecundidad, pues no llegan otros excelentes dramaturgos «en lo que han escrito a la mitad de lo que él solo», según sus palabras en el prólogo a sus propias comedias. No puedo menos de notar, sin embargo, el posible valor adjetival de la expresión «de naturaleza», como si dijéramos «de naturaleza monstruosa», ni de recordar la admisión de Lope de Vega en el Arte nuevo de hacer comedias que al ver aplaudir «monstruos de apariencia llenos», se acoge a este —67→ «hábito bárbaro» en busca del «vulgar aplauso»22. Y así, lo que en realidad hace Cervantes es admirar a Lope pero no sin cierta carga crítica negativa.

Reconoce Cervantes de nuevo, en el prólogo al Quijote de 1615, el genio dramático de Lope, pero exalta con clara carga negativa su virtud: «del tal [el nombre no aparece] adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa» (II, prólogo; 34). Esto último es otro equívoco que Lope no pudo dejar de entender, ya que a la sazón era sacerdote y familiar del Santo Oficio, pero su vida estaba muy lejos de ser ejemplar, como bien sabemos. Esto lo escribe Cervantes en contestación al prólogo de Avellaneda donde el autor del Quijote apócrifo (en adelante: Apócrifo) le acusa de haberle ofendido a él y «a quien tan justamente celebran las naciones más extrangeras, y la nuestra deve tanto, por haver entretenido honestíssima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas e inumerables comedias, con el rigor del arte que pide el mundo, y con la seguridad y limpieza que de un ministro del Santo Oficio se debe esperar»23. Lope, para mí con toda certeza, intervino en el prólogo porque es su estilo24, y puso algunos toques en el texto del Apócrifo. Lo veremos más adelante.

HELENA PERCAS ERVANTISTA

Miembro de la Cervantes Society of America desde sus orígenes y socia fundadora de la Asociación de Cervantistas, se mantuvo atenta al devenir de esta última asociación con su voz cálida y su ofrecimiento siempre generoso. Su vida se unió, en 1960, a la de otro ilustre exiliado español como consecuencia de la guerra incivil española de 1936 a 1939: el dr. Ignacio ponseti Vives, reconocido traumatólogo pediátrico. A él dedicó Helena otrolibro: Homage to Iowa. The Inside Story of Ignacio Ponseti (Iowa City: The university of Iowa, 2007), que no deja de ser también su propia biografía, tan interesante como reveladora de sus inquietudes intelectuales y dedicación hispanista.

JOSE MONTERO REGUERO 
– EN RECUERDO DE HELENA PERCAS -

 poeta nicaregüense.
Francisco Ruiz Udiel se suicidó trágicamente la madrugada del 31 de diciembre del 2010, fue sepultado en el cementerio Sierras de Paz de Managua después de tres días de homenajes.

CADA CUATRO AÑOS NACE UNA POETA SUICIDA

A Sexton, Plath y Pizarnik
Nacidas en 1928, 1932 y 1936

Cada cuatro años la muerte
abre la llave del gas de una cocina,
se fuma un cigarrillo en el sofá y espera.
Otras veces enciende el motor de un automóvil
dentro del garaje
y canta Chair in the Sky,
un poco de jazz no despertará
a las muñecas recién maquilladas, piensa.

Cada cuatro años la muerte toma
anfetaminas para adelgazar,
pero se le pasa un poco la mano
y ya no despierta.
No se pone triste, ni alegre, ni neurótica, no.
pero cada cuatro años
la muerte amanece lúgubre
y observa la tarde roja
desde una ventana.
Alguien trata de invocarme, dice,
y cierra amargamente los ojos.
A mí me da pesar, no sé,
es como si ella quisiera decirnos
o contarnos algo desde su delgado rostro blanco,
como si estuviera cansada de estrangular mujeres.
Yo la conozco muy poco,
pero me consta aborrece
su funéreo oficio.
Últimamente la han visto respirar
cierto aire suicida.

Cada cuatro años a la muerte
se le irritan los ojos,
sabemos que ha llorado, lo sabemos,
pero callamos,
sabemos también que busca algún vientre
y como ella no tiene el privilegio
de la carne materna
aferra entonces sus fríos y delgados dedos
en el primer ombligo que encuentra.
Por eso cada cuatro años algunas niñas
ya vienen muertas.





EL POEMA Y LA GEOGRAFÍA

En los países de Occidente, amiga mía,
el poeta nace libre
como los peces en los extensos mares
y canta
en el regazo de los lagos,
en los prados susurrantes
y en los campos de granados.

...Aquí
el poeta nace en un saco de polvo,
canta a reyes de polvo,
a caballos de polvo
y a espadas de polvo.
Es un milagro
que el poeta convierta la noche en día.
Es un milagro
que plantemos flores
entre asedio y asedio.

Nosotros no escribimos
-como el poeta occidental- poesía,
escribimos, amiga mía,
el acta de suicidio.




TAMBIÉN PASÓ QUE...

1722: se publica la Gaceta de México, el primer periódico de Hispanoamérica.

1788: en Londres se publica el primer número del periódico The Times.

1791: en Lima (Perú) se publica el primer número del Mercurio Peruano.

1879: en Barcelona se reedita el semanario satírico republicano L'Esquella de la Tortaza.

1899: en Cataluña sale a la calle el diario La Veu de Catalunya.

1903: en París (Francia), el erudito J. C. Mardrus publica la primera versión completa en una lengua occidental del legendario libro Las mil y una noches (16 volúmenes), luego de las magníficas antologías hechas por el francés Gallard (siglo XVIII) y por el británico Richard Francis Burton (1877).

1903: en España aparece el primer número del ABC

1910: por primera vez los españoles inician el año comiendo doce uvas al son de las campanadas.

1925: estreno en el teatro Español de la obra Hernani, adaptación de Antonio y Manuel Machado, de la obra homónima de Víctor Hugo.

1939: en España se convierte en un deber para todas las jóvenes menores de 25 años, cumplir durante un año con el servicio de trabajo obligatorio.

1946: inicia su publicación la revista literaria Ínsula.

1948: se estrena la primera ópera catalana de la posguerra, El giravolt de maig, de Toldrá.




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